La Forma del Agua, casi pero no

Guillermo Del Toro presenta a Eliza (Sally Hawkins), una mujer que vive al compás del reloj. Su rutina está perfectamente sincronizada con las manecillas. Se despierta, prepara unos huevos tibios y convive algunos minutos con su vecino (Richard Jenkins), antes de partir al trabajo.

A las 12 en punto comienza su jornada en un laboratorio gubernamental. Se encarga de la limpieza, mientras escucha las interminables palabras de su compañera y amiga (Octavia Spencer). A falta de voz, Eliza responde, de vez en vez, a través de señas.

Un día, mientras ellas limpian, una nueva captura arriba al laboratorio; un ser con rasgos de humano y anfibio, un monstruo. La relación que surgirá entre Eliza y el monstruo desencadenará grandes consecuencias.

Es innegable la creatividad de Del Toro. Su capacidad para traer a la vida criaturas inimaginables es sorprendente. Sin embargo, hasta el momento, ninguna de sus historias ha logrado atraparme por completo.

La Forma del Agua lleva la poesía hasta en el nombre. Los desplazamientos de cámara danzan con las acciones de los personajes, sincronizados a través de un montaje y una edición precisa, en la que cada corte comunica y hace sentir.

La ambientación es oscura pero llena de magia. Los años 60 comienzan, resaltados por cada uno de los detalles en el Diseño de Producción. La exageración en la paleta de color y en las locaciones son coherentes con la estética fantástica, característica de Guillermo Del Toro.

El personaje de Eliza es complejo. Solitaria, fuerte, vulnerable, muda pero expresiva, sin miedo al placer sexual. La aplaudo, me enternece. A diferencia de Strickland (Michael Shannon), antagonista del filme que, en mi opinión, carece de dimensiones. Es uno de esos personajes malos, malos, malos. Acartonado y sin matices, como de telenovela. Y teniendo en un mismo filme a un personaje protagonista complejo y a un antagonista tipo (hecho de estereotipos), la trama se vuelve predecible, básica.

Las películas de Guillermo Del Toro cojean de un mismo pie. Siempre se ha preocupado más por mostrarnos hechos fantásticos y por enternecernos con sus criaturas, que por contarnos historias redondas. En mi caso, la fantasía me distrajo un par de veces de la línea argumental, colocando la grandeza del monstruo y  la belleza de las locaciones, por encima de un guión frágil y endeble.

Creo que Guillermo Del Toro aún  no logra crear su obra maestra, pero está cerca, muy cerca. Dicen que son altas las probabilidades para que gane un Oscar a Mejor Director, también lo veo probable y lo aplaudiría. Sin embargo, como en los Globos de Oro, dudo que La Forma del Agua gane el Oscar a Mejor Película. La disfruté  y, sobre todo, me enamoré de los elementos visuales, de Eliza, del monstruo, pero la película no consiguió tocarme con profundidad. Casi, pero no.

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